“Maestros Leones”

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Agustina Castillo

Profesora de Filosofía, Universidad de Buenos Aires.
Docente y Mentora en Educación Secundaria.
Se desempeñó como Rectora durante 7 años.

En Buenos Aires, los maestros ya pasamos los 100 días en cuarentena y con ojos de mamífero en cautiverio estamos viendo por la jaulita de zoom a nuestros directivos decir que probablemente este año ya no regresemos a las aulas, o al menos a las que conocíamos.

Cerramos la pantalla, dejamos los auriculares, la botella de agua, y deambulamos con aquella información. Con la pandemia. Con las aulas. Con la economía. Con la educación. Deambulamos por el cuarto, por la cocina, o por el rincón que haya sido el elegido para nuestro escritorio COVID-19. Deambulamos rumiando pensamientos, emociones, trazando los mismos giros de esos leones que vimos en algún zoológico, alguna vez. Sentimos desamparo y cansancio. Y parecen ser efectos ineludibles de estos tiempos.

Pero también hay algo más. La sensación de ser maestros a la intemperie. Maestros sin escuela, sin territorio conocido, sin nuestros lugares comunes. Sin nuestros libros, folios y papeles. Y sumado a esto, actuar sobre un escenario doblemente desafiante, porque aparte de desconocida, la escuela “virtualizada” se despliega con límites incómodos, pixelados, desvanecidos: mi mundo privado, el de mi hogar y sus integrantes, ahora es público y se muestra en las plataformas; mis horarios de trabajo, ya no entran en ninguna jornada o calendario laboral; mis rutinas de descanso y ocio, se diluyen -hasta desaparecer- persiguiendo eventualidades; en las agendas, las horas pasan sin que el cuerpo se mueva, y los días se filtran entre los casilleros con una monotonía inquietante.

Todo es cierto. Así está la realidad y actualidad del maestro online en cuarentena. Con desamparo y cansancio. La “sombra” de la virtualidad. El otro lado de los Likes a los planes de continuidad pedagógica.

Pero además de vivir la sombra, también vale la pena pensar qué es lo que queda “a la luz” en tiempos de Pandemia. Y en el caso de la escuela, lo que quedó a la luz fue la oportunidad de revitalizar la educación. De despertar al león.

Como profesora, vi y viví cómo la Pandemia me impuso muchas cosas. Para empezar, una gran soledad, muchísimas horas extra de trabajo, y cargar con una difícil e incuestionable responsabilidad. Pero también vi y viví cómo la Pandemia me impuso salir a preguntar, salir a investigar, salir a probar. En plena intemperie escolar, a los docentes y directivos no nos quedó otra que ponernos a revisar, sopesar, recalcular e incluso sospechar de nuestros saberes garantizados.

En menos de un mes, perturbamos hábitos sostenidos por generaciones: mapeamos con efectividad territorios cibernéticos y sus culturas desconocidas, creamos nuestro propio archivo y documentación pedagógica online, volvimos a escribir, grabar y diseñar unidades didácticas desde cero, y finalmente, a corazón abierto y expectante, acudimos por ayuda, a conversar entre colegas, a compartir y tomar prestadas toneladas de prácticas docente fruto de las más frescas y espontáneas ideas. De las que se tiene en caliente, en la emoción de la circunstancia, cuando superamos inhibiciones, cuando le subimos el volumen al presente y nos entregamos al juego, a la realidad soberana y su pedido actual.

En la intemperie COVID-19, toda la cartografía pedagógica, tal como la conocíamos, dejó de servir. Los contenidos, las habilidades, la planificación, la bibliografía, las evaluaciones. Todos los saberes quedaron como recipientes desfondados pero que, paradójicamente, lejos de traer más sombra, empezaron a encender un instinto vital, el león de la supervivencia.

En varios sentidos, aunque esta vez sin powerpoints, ni coffe break, el COVID-19 hizo que los maestros hagamos lo que en tantos congresos de educación nos venían “sugiriendo” hacer: salir de la zona de confort y vitalizar las prácticas. Centrarnos en el que aprende, pensar cómo aprende y animarnos a pensar más allá de los planes de contenidos. La Pandemia desplomó las paredes del aula, y nos hizo observar, conversar, investigar y dejar entrar la vida real. La pandemia nos hizo pensar “con” ella, con la realidad, en vivo y en directo.

Así, instintivos, caminando en la intemperie, empezamos a arriesgar, a ser más osados. Empezamos a crear tareas y clases online que no provenían de la planificación anual, sino conectando con la intuición de lo que sentíamos y pensábamos que era lo mejor para nuestros estudiantes, también recluidos en casa.

La intemperie nos impuso la adrenalina de andar más sensibles, más expresivos, permitiéndonos lanzar proyectos con intenciones potentes, pero que a la vez tengan la consistencia de lo provisorio, de lo revisable. En definitiva, nos permitió el poder titubear sin culpa, esperando cada semana primero “sentir” a los chicos y su estado de ánimo, antes de tomar cualquier decisión didáctica. Ir momento a momento, sin tanto a priori. No puedo evitar pensar en Sócrates y cómo desde su famosa posición política del “no-saber”, nacieron los más célebres aprendices y discípulos.

Ser maestros a la intemperie fue una imposición y una eventualidad dentro de un sombrío escenario global. Pero también permitió una oportunidad ígnea y potente en los docentes. Oportunidad para avivar nuestro explorador olvidado, para foguear nuestro investigador interior, para encender nuestro artista oculto.
En definitiva, la intemperie COVID-19 nos propone acechar el terreno actual con la atención, el instinto y el respeto con el que se mueve el león en verdadera libertad. Con su fuerza y adrenalina. El opuesto a la repetición y la monotonía: la pura vitalidad.

En tiempos de inseguridad, enfermedad y escuela a la intemperie, nada más sanador y lleno de vida que pensar, debatir y actuar a partir de la inquietud. Y preguntarnos desde la experiencia y el instinto qué realmente tiene sentido que los jóvenes aprendan hoy. Y tomar decisiones al respecto. Y sentir el alivio de los hechos.

Y aprender a trazar planificaciones que sirvan como mapas, pero lo suficientemente porosos y titubeantes como para nunca volver a aislarnos. Así como traza su plan el león fuera del cautiverio. Respondiendo al murmullo de cada día. Respetando lo que le impide y lo que le permite cada momento. Aprovechando lo que le impide y lo que le permite cada nueva lección.

 

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